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Perdonad que abuse de vuestro tiempo, si tenéis paciencia para leer este relato, me encantaría saber vuestra opinión, y sobretodo si os habéis enterado. (tal vez esté algo enrevesado)
Gracias.
EL RINCÓN DONDE SE PIERDEN LOS RECUERDOS
Corría la sangre por sus venas a una velocidad endiablada, sus dedos se deslizaban por las teclas de aquel piano agitados por el aletear de los recuerdos. Siempre los mismos recuerdos acompasados con las mismas notas, siempre las mismas teclas golpeadas por los mismos sueños. Bajo una cíclica melodía, los aromas a leña de roble quemada frente al antiguo piano, y a vino suavizados años atrás en la misma madera, oxigenaban su memoria hasta hacerla evolucionar a una realidad mucho más cálida, más agradable…..
La tarde que Pedro rezó por última vez, el calor amenazaba con fundir las velas que emergían delante de la figura de la virgen de Linarejos. Ya por aquella época su fé, cultivada con exquisita dedicación en un colegio jesuita, se fajaba en una inquietante contienda con un precoz ateísmo, del que sólo se separaba cuando la realidad se imponía a la locura que, distraída y solitaria, caminaba junto a él.
Biznieta de uno de los últimos tejedores de la comarca, la tarde que conoció a Pedro, Adela vestía piel de seda y blusa brillante como la piel de una cebolla seca. Como todas las tardes Adela acompañaba a su abuela a la iglesia. Desde su casa hasta la ermita no había más de cincuenta metros, pero nieta y abuela no tardaban menos de quince minutos en recorrer las viejas calles del Barrio de San José. Salían de casa cuando escuchaban la primera de las veintiuna campanadas que servían de aviso al comienzo de la eucaristía, entrando por la puerta de la ermita cuando las campanas resignadas a su incapacidad de vuelo, callaban sus réplicas encontrando su perpetua verticalidad.
Las calles empedradas y la dureza de oído de la abuela de Adela hacían de aquel trayecto el lugar perfecto para recortar el silencio y situarlo estratégicamente en conversaciones entrecortadas que permitían sin vergüenza ni resentimiento, que entre nieta y abuela no hubiera secretos.
- ¿No te parece guapo abuela?- Susurró Adela con la mirada perdida entre el sonido de las campanas, cuando vio a aquel muchacho corriendo desesperadamente en su misma dirección.
La abuela recortó un silencio como respuesta tras ver los ojos de Adela y tras él contestó:
- Sí que corre ese mozo. ¿Dónde irá con tanta prisa?.-
Una vez en la ermita, como todas las tardes se dirigieron a la primera fila de bancos situada justo frente a la virgen. Pero arrodillado, ocupando el lugar que la santa reservaba todas las tardes a las dos mujeres, se encontraba el muchacho que cual relámpago destronado, había deslumbrado por la calle a Adela.
Prudentemente Adela agarró a su abuela del brazo para sentarse en la segunda fila, al lado de una niña pegada a la mano de su madre, pero la anciana miró a su nieta y alzando su bastón con media sonrisa en su rostro señaló el sitio que había junto al muchacho.
La copa se había quedado vacía y Pedro seguía golpeando el piano cada vez con más rabia. Las voces de las brasas que emanaba la chimenea se entremezclaban en el aire con la melodía que se había apoderado del piano. Su memoria se llenaba de realidad y de recuerdos difíciles de metabolizar……
- Sólo nos queda rezar. Tu padre tiene tal inflamación que somos incapaces de asegurarte nada- Le dijo el médico a Pedro aquella mañana.
De pronto la melodía cesó en su intento de hipnosis. Tanto dolor acabó propulsando a Pedro hacia la botella de vino que yacía sobre la mesa, vertió hasta la última gota en su copa y de un solo trago apagó por unos instantes todo el desconsuelo decantado en su memoria, haciéndola viajar nuevamente a una realidad más acogedora…..
Adela se sentó junto a Pedro y vio como afligido lloraba frente a la virgen. Sus ojos no pudieron soportar tanta pena en la mirada de aquel muchacho y sin dejar de imaginar el porqué de tanto dolor, comenzó también a llorar. De pronto, sintió como su abuela le ponía la mano en el hombro, obligándole a regresar de aquel trance. Al principio no logró entender qué estaba pasando, así que miró atrás y vio a la niña, como sin despegarse de la mano de su madre, la besaba tiernamente.
- La paz sea contigo- repitió la abuela en un par de ocasiones.
- Y contigo y contigo- respondió Adela mientras besaba a la anciana.
Luego volvió a mirar a Pedro y sin saber porqué se arrodilló a su lado y le dio un beso en la mejilla. Pedro nunca pudo olvidar la mirada de Adela tras aquel beso de paz y consuelo.
Cuando Pedro despertó sentado en el piano, la copa estaba vacía y la chimenea había sucumbido a la recurrente melodía. Su corazón se encogía congelado ante los recuerdos que, como cada noche y tras varios intentos en los que la realidad se había disfrazado con dulces trajes de amor y esperanza, era incapaz de contener….
- Lo siento, tu padre ha fallecido. Tenía los pulmones tan inflamados que el tratamiento no ha surtido efecto-
Pedro salió del hospital y como una exhalación se dirigió corriendo a la ermita de la Virgen de Linarejos.
Los latidos de su agitado corazón, cual campanadas que tocan a misa, le acompañaron en su carrera.
- ¿Dónde vas con tanta prisa?- le gritó una anciana mientras le apuntaba con el bastón.
Cuando llegó a la ermita se arrodilló frente a la Virgen con la intención de rezar por última vez. En la otra punta de la pequeña iglesia cuatro muchachas cogidas de sus manos cantaban una canción que cíclicamente se revolvía entre las oraciones de Pedro. De pronto sintió como alguien le ponía la mano en el hombro. La música bajó una tonalidad.
– ¿Perdona te puedo ayudar en algo?- Pedro levantó la cabeza y quedó deslumbrado por la mirada de aquella muchacha de piel de seda y blusa brillante como la piel de una cebolla seca.
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