|
“Ya era pleno día, pero estaba brumoso y no parecía hacer el mismo calor que a medianoche.”
La misma frase una y otra vez, machaconamente. Letras que se juntaban formando sílabas, que se conformaban en sustantivos, verbos, artículos; palabras que pronunciaba mentalmente pero cuyo significado era incapaz de interpretar. Página 90 de Los pilares de la tierra. Intentaba abrirlo por otra diferente, pero el uso y el abuso que de él hacía habían conseguido crear una pequeña oquedad en ese punto exacto y el libro se empecinaba en mostrarme siempre esa misma primera frase de la que no podía deshacerme. No era capaz de pasar la hoja porque los nervios me agarrotaban los dedos impidiendo cualquier movimiento controlado de mis falanges. Un billete del metro de París suplía la función de un marcapáginas profesional; aquel pequeño pedazo de cartón era uno de los pocos recuerdos que me quedaban de los diez meses compartidos con Carlos. ¡Qué lejano ya todo aquello! Sufrí mucho cuando me abandonó pero ahora una nueva ilusión hacía que mis ojos no se concentrasen en la lectura; brincaban al compás de mis palpitaciones entre los signos de la escritura mientras aguardaba su llegada. A simple vista podía parecer que devoraba aquel libro en el que depositaba mis seis sentidos, pero en realidad todos ellos, y más que tuviera, estaban consagrados a detectar su presencia nada mas se producía.
Acostumbro a sentarme todas las mañanas a las 8.15 en la misma mesa junto a los grandes ventanales que se asoman a la acera transitada a esas horas por multitud de cuerpos arrastrándose a la búsqueda de sus rutinas cotidianas. Me gusta el aroma a café del establecimiento, un olor que se filtra por mis poros y empapa mis meninges. Muy a mi pesar, yo siempre pido un chocolate caliente y un croissant. Nunca pude tomar café sin desencadenar un movimiento incontrolable de piernas, manos y párpados. Mi sistema ya de por sí nervioso sufre una dosis extra de actividad con la ingesta de cafeína.
Él solía entrar por la puerta 5 minutos más tarde. Yo aguardaba su llegada ansiosa, infantilmente asustada y presa de una angustia que hacía que mi corazón diese zancadas cada vez más largas a medida que caían los grandes números del reloj colgado sobre el televisor. A las 8.21 hacía su triunfal aparición en la cafetería. Vestía siempre de traje azul marino o gris, camisas en tonos claros y corbatas a rayas. Impecable cada día. Bajo el brazo, el periódico que hojeaba mientras tomaba un café americano largo y comía un sándwich vegetal. Unos 45 años, más de 1 metro 80, constitución atlética, piel bronceada, cabello oscuro aunque ligeramente grisáceo en las sienes, manos cuidadas, sin alianza… Seguramente trabajaba en alguna de las sucursales bancarias que se erguían majestuosas en aquella céntrica avenida de la ciudad. Yo lo hacía en una pequeña oficina en la segunda planta del modesto edificio de enfrente.
No parecía reparar en mi presencia. Y yo procuraba no hacerme notar. Se sentaba en un taburete frente a la barra y pasaba cadenciosamente las hojas de una realidad en blanco y negro. Otras en mi lugar, como mi amiga Sara, hubiesen provocado un encuentro fingidamente espontáneo: ocupando un asiento a su lado, dirigiéndose hacia el servicio ubicado a su espalda, pidiéndole fuego, hora, cambio… Pero mi timidez siempre consigue anticiparse a mi determinación y yo me limitaba a ocultarme entre las líneas del libro deseando que no me descubriese y que al mismo tiempo se fijase en mí. No sé cómo ni en qué momento fue consciente de que la misma mujer ocupaba día tras día y a la misma hora la mesita junto a la cristalera, pero al cabo de más de tres meses de forzada coincidencia, un viernes 25 de abril se acercó a mí. Inesperadamente despistada observando el colorido de prendas que brotaba en la calle con la llegada de la primavera, no advertí su proximidad hasta que sentí su voz sobre mi piel.
- ¿Te está gustando? – dijo señalando el libro abierto por la página 90. Yo lo leí hace algún tiempo y disfruté mucho con él.
- Sí, no está mal – contesté mientras sentía cómo mis sienes latían y mis manos resbalaban por las hojas como un pez entre las rocas.
Durante un año seguimos encontrándonos en la cafetería. Ocupábamos la misma mesita, uno frente al otro. Al cabo de algún tiempo, comenzamos a vernos algún día para comer. Después de varias semanas, me esperaba al salir de trabajar y me acompañaba a casa dando largos paseos. Un día le invité a tomar un último café en mi piso. Tras varias noches, era él quien lo preparaba para desayunar. Volví a regalarle a mi organismo la excitación que la cafeína y el amor le producían y que durante mucho tiempo le había negado.
Nunca conseguí terminar Los pilares de la tierra. Logré llegar hasta la 135, pero finalmente caí derrotada ante la rotundidad de sus 1.039 páginas. Ahora tengo entre mis manos La bodega. Leo varias hojas cada mañana mientras degusto mi chocolate y mojo en él mi croissant. Sigo ocupando la misma mesa junto a la ventana desde la que contemplo la danza de las hojas secas de este septiembre tempranamente otoñal. Hace más de cuatro meses que dejé el café y a Julián. De vez en cuando mi móvil me sigue recordando su existencia a través de algún sms que ya no me molesto en leer. Imagino que será otra mentira más, un nuevo aplazamiento sine data de una decisión jamás barajada. Tiene mujer y dos niñas de 10 y 6 años, un bungalow en la costa, una suegra montada en una escoba, dos hipotecas y un rosario de excusas que alterna entre su mujer y yo. Nunca le pedí nada, pero cuando le revelé mi intención de finalizar nuestra historia, comenzó a desgranar una tras otra las miserias de su vida: su matrimonio estaba roto desde hacía tiempo; aguantaba porque sus hijas aún eran muy pequeñas; yo era su verdadero amor y no quería dejar pasar el tren; pediría la separación; no le importaba el dinero, ni el ático de Madrid, ni la casa de la playa, ni los dos coches; ella podía quedarse con todo… y mil frases más rescatadas de interminables seriales norteamericanos. Valiente farsante, embustero, embaucador. Eso me pasa por fijarme en quien no debo, como me repite Sara cada vez que recurro a su entereza para recomponer los fragmentos rotos de mi alma tras un nuevo batacazo sentimental. Julián me partió el corazón, pero esta vez la lección creo saberla de memoria a fuerza de repetirla.
Me relaja la decoración sobria y sencilla de esta cafetería. La iluminación es tuene y la música inexistente. No me gusta que le impongan banda sonora a mi vida. De las paredes en tono melocotón cuelgan fotos en sepia de lugares remotos. Bajo un Empire State coronado por la bruma lee el periódico un hombre de unos 40 años, pelo castaño, traje oscuro sin corbata, camisa blanca, gafas de pasta, manos fuertes, sin alianza… Nunca antes le había visto. De repente, mi corazón comienza a bombear a un ritmo que a mis arterias les cuesta acompasar por lo que la sangre se me agolpa en mejillas y orejas. Mis manos recogen la humedad de la boca seca como la arena. El café que flota en el ambiente atraviesa mi epidermis y se instala en mis neuronas haciendo que todos mis músculos bailen a su son. Las 8:46. Debo regresar a la oficina. Devuelvo el pequeño trozo de París a su refugio entre las páginas 90 y 91 del libro. Extraña coincidencia. Logro que mi cerebro se imponga al trote involuntario de mis pies sobre las baldosas y consigo levantarme y dirigirme a la puerta mientras imagino sus ojos recorriendo mi anatomía. Quizá mañana vuelva a coincidir con él. ¡Qué nervios!
|