|
Al maestro Miguel Delibes Setién.
Adiós... Don Miguel.
Cuantas veces han contado los ilustres que la composición literaría consiste en dar pinceladas suaves y con esa suavidad, expresar los más escondidos detalles. Detrás de cada rostro duro, cuarteado por la adversidad, el aire y el sol; se esconden sentimientos, sonrisas y vivencias.; pero... que difícil es dibujar la tosquedad de una tierra, su salinidad escociendo en las heridas, su barro quedándose pegado a la vista. Y de su gente... describir el juego del tiempo que se acorta, las risas que nacen, el orgullo de sus hijos y la soledad del último viaje.
¡Ay! ¡Ya no será lo mismo! ¡Que triste queda el paraninfo! La niebla matinal del llano, los lutos del páramo, el salto de cada arroyo, el aire que hiela, los juegos de los rapaces, el dormir de las dulzainas, el retemblar de las muralla..., la ilusión de un pueblo. Hombres y mujeres de Castilla llorad por el vecino que narraba quien sois: tierra, sol, sudor y viento. Dios, lágrimas y tambor. Campiña y pinar, arena y castillos, fuentes y plazas, besos y lágrimas. Castilla y sus hijos pierden un pintor, el castellano un maestro y Valladolid... un hijo, un vecino y un señor.
Aquel que paseaba junto a sus vecinos, el maestro, el profesor, el amigo y el músico de palabras nos ha dejado. La grandeza de un hombre se comprueba en su humildad; y para orgullo de su tierra; quererla, narrarla para que sea conocida y respetar sus bellezas y sus faltas. Miguel Delibes Setién, castellano y vallisoletano es un hijo que amando a su tierra; plasmó en el más blaco lienzo los olores, tradiciones, historia, faltas y virtudes de esa tierra recta y temerosa. Paladina de idoma, que muestra hoy sus penas de la forma que saben ser sus vecinos; llana y humilde, cariñosa y silenciosa, dura, recta, seca y fuerte.
< < Ninguno de los dos era sincero pero lo fingíamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba con mirarnos y sabernos. Nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en la cabeza temas de conversación que pudieran interesarla, pero me sucedía lo mismo que ante el lienzo en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, caminábamos cogidos de la mano: ¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz así, respondió ella.> >
¡Cuantas veces nos hemos cruzado el el Paseo de la Jota o en la calle de Santiago.
Adiós Don Miguel... ¿cómo? ¡Que el grajo vuela bajo.. usted siempre tan castellano, vallisoletano y ...¡tan señor!
¡Comenza la leyenda!
|